sábado, 31 de enero de 2009

De golpe y porrazo

Ha vuelto el blog señores. Pero es la última vez que lo digo. Me convencí de que el nombre no puede ser sostenido. No tiene nada que ver con la onda que le pongo. Pero no lo voy a cambiar. La idea original no era la de escribir de vez en cuando y sucesos apartados; pero si mis lectores lo aceptan, seguiremos en esta tónica.
Este post, viene influenciado por el “Vientos del sur” de mi amiga Aneris Casassus (aneriscasassus.blogspot.com). Y tiene que ver con los golpes, porrazos, heridas, ambulancias y demás.
Como todo chico criado en los 80´ y 90´ donde eran comunes los “picados”, los baldíos, la escondida, la mancha, y todos esos juegos en los que terminabas embarrado y por qué no lastimado, yo también tuve accidentes varios.
Ahora la cosa es distinta. Los pibes no se golpean, salvo a la salida de algún cyber después de gritarse, putearse y pelearse por un jueguito de computadora. Poco serio.
El primer episodio cortante lo tuve en mi pierna derecha. El vecino de al lado armó una carpa para una fiesta y yo me subí a la sillita de mi hermano a chusmear. El asiento era de esos que son altos y tienen la mesita incorporada, y al bajar, no vi el clavo. Él sí me vio. Y me lastimó. Primer contacto con los amigos de Cardio.
Luego, años más tarde; o meses, no recuerdo bien, estábamos en el barrio jugando y me tiré de rodillas en el baldío de enfrente. Resultado, una tapa de lata de paté o algo así oxidada y patas pa´ arriba, se clavó en mi pierna izquierda. Otra vez ambulancia. Otra vez morcilla.
La historia sigue. Y vienen las dos heridas más graciosas a mí entender. La primera sucedió cuando el maldito portón de alambre verde de la canchita de enfrente de mi casa se abrió cuando venía pisteando con mi bici, a punto de batir el record de vuelta del barrio. Resultado, un tajo en el ojo izquierdo. Dolor.
Y después, estábamos andando a toda velocidad en skate, empujándome con una pierna, con la rodilla de la otra en la tablita, las dos manos bien firmes, pero una piedrita frenó el “vehículo” y no así mi cuerpo. El final, unos puntitos en la parte de la cara donde ahora hay bigotes cuando no me afeito por unos días. Esa fue tremenda. La más complicada. Porque le quería decir a mi amigo Martín que llame a mi mamá, pero como me tapaba la boca con las dos manos solo pronunciaba algo así como “llomómomomó, llomómomomó”. Lleno de sangre además.
Una de las últimas, porque no sé cuándo vendrá otra, fue hace unos veranos cuando laburaba de mozo en Morfeo. Estábamos terminando la jornada y yo juntaba todo. Venía con las manos llenas de envases de Quilmes (¡amén!) y había en una mesa una lata de Speed. Bien de langa, quise bajarla de una patada y perdí el equilibrio. Antes de llegar al suelo, las botellas se rompieron y algunos vidrios se metieron en mi pierna izquierda, arriba de la rodilla. Gracioso. No fue para tanto. Había unos enfermeros, medio tomados, que me socorrieron y me dieron sus primeros (y únicos) auxilios.
La vuelta del blog ha sido media accidentada. Y eso que no me puse a contar cada golpe y sólo me limité a contar las heridas profundas, que merecieron puntos.
Si quieren saber más, pregúntenle a la mesita ratona del living de mi casa, a las puertas de la alacena de la casa de Vane, a los escalones de cualquier lado que no avisan que están ahí, al marco del portón del garaje de la casa de Cintia en La Madrid; a la rama de aquel árbol que no me quiso agarrar las manos cuando me colgué… y puedo seguir. Pero no recuerdo más. Gracias por estar.